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EL 18 de noviembre de 1999 un comando de los paramilitares apostado sobre el río Atrato, en las afueras de Quibdó, cometió el asesinato del sacerdote colombiano Jorge Luis Mazo y al cooperante vasco Íñigo Egiluz, cuando regresaban de una misión humanitaria en el Bajo Atrato. Su muerte representó un hito en el escalamiento del conflicto en el Chocó, fue ahí cuando quedó totalmente claro que los actores armados no respetarían a nadie, ni a nada, ni siquiera a la iglesia y las organizaciones de ayuda humanitaria.

En aquel entonces monseñor Jorge Iván Castaño, el obispo de Quibdó, le envió una carta pública a Carlos Castaño Gil, el comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, cuestionando por el asesinato del sacerdote. En otra carta el paramilitar reconoció la autoría del crimen pero dijo que se había tratado de «un accidente». Además, hubo comunicados de protesta que generaron gran eco internacional. Los ojos del mundo miraban por fin hacia el Chocó, esa olvidada región colombiana donde los grupos armados -el ejército colombiano incluido- se reñían con ferocidad y atacaban a las comunidades confinadas en sus selvas.

Veinte años después las gentes del Atrato aún recuerdan al padre Mazo y a Íñigo Egiluz. Esta misma semana les rindieron un sentido homenaje en Nuevo Bellavista (Bojayá) en medio de los actos ceremoniales que se llevan a cabo por estos días con motivo del entierro colectivo de las víctimas de masacre del 2 de mayo de 2002.

En nuestro quinto programa de radio contamos la historia de Íñigo y Jorge Luis, dos estrellas que siguen alumbrando sobre el Atrato.

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