Adriel José Ruíz / Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico

El filósofo Walter Benjamin dijo alguna vez que las guerras no se acaban con el fin de las balas y los bombardeos; después viene otra pelea igual de feroz y despiadada, una disputa de narrativas para imponer a los vencidos el relato de lo que ocurrió. Ni siquiera los muertos pueden descansar tranquilos.

Eso es lo que está pasando con el Centro Nacional de Memoria Histórica desde que el presidente Iván Duque nombrara al historiador Darío Acevedo como su director, hace poco más de un año. Acevedo, que llegó a reemplazar a Gonzalo Sánchez, es conocido en el mundo académico por sus claras ideas conservadoras, filiaciones hacia la derecha que no se molesta en disimular, y por ser un negacionista de la existencia del conflicto armado en Colombia.

Desde aquí empiezan los problemas. ¿Cómo alguien que afirma que en el país no ocurrió un conflicto puede dirigir el centro oficial encargado de recoger la memoria sobre dicho conflicto? El Centro Nacional de Memoria Histórica, que empezó durante el gobierno de Álvaro Uribe, se había caracterizado por ser imparcial e independiente, además de mostrar mucho rigor al analizar con sus informes y publicaciones los hechos del conflicto armado, produciendo un amplio acervo documental que nos ha permitido comprender la violencia en todos los rincones del país.

No obstante, Darío Acevedo está empeñado en torcer la trayectoria de una década tomando decisiones que son inauditas, por ejemplo, practicar la censura contra sus propias publicaciones e iniciativas, que son producto del riguroso trabajo de muchos profesionales, víctimas y comunidades comprometidas con la memoria. El caso más sonado fue cuando Acevedo bloqueó la publicación de un informe ya terminado sobre sindicalismo y cultivos de palma africana en el Cesar. Ahora acaba de censurar las exposiciones del Museo de Memoria Histórica porque considera que son “inventadas” y sin fundamento investigativo. De las piezas dedicadas al exterminio de la Unión Patriótica dijo que eran “proselitismo político”.

Una persona que trabaja al interior del Centro, me contó personalmente que Acevedo no dio argumentos sobre las decisiones de censurar la exposición “Voces para transformar a Colombia”, que se expone en Cali, Cúcuta y Villavicencio. Transcribo textualmente su testimonio: “(Acevedo) nos dijo que él es el nuevo director y va a cambiar las cosas. Dice que los lineamientos del Museo no fueron construidos con las víctimas (cuando el legado social que se ha construido alrededor del país con víctimas del conflicto armado ha sido el insumo principal para la exposición y los documentos del Museo) sino que considera que la exposición salió de estar sentados en el escritorio. Además de esto, reiteró en repetidas ocasiones que va a conformar un nuevo equipo de personas que él sí considera expertas para reformar el guión del Museo, entre las que se encontrará él”.

Aquello va en sintonía con otras disposiciones del presidente Duque, por ejemplo la ley 1979 de 2019, que incluye un apartado para que las fuerzas militares sean homenajeadas por el Centro de Memoria Histórica. Ya hay iniciativas del Centro que parecen más de propaganda de guerra que de memoria histórica, como las campañas semipublicitarias con los soldados que han perdido sus piernas por las minas antipersonales, a los que en las publicaciones oficiales del Centro se los llama “héroes”. Este si es un clarísimo caso de proselitismo, muy grave, puesto que el Centro estaría tomando partido por uno de los bandos que cometió crímenes durante el conflicto armado.

Ya durante el gobierno de Juan Manuel Santos se había expedido un decreto para que las Fuerzas Militares tuvieran silla en la junta directiva del Centro, mientras que solamente un mínimo de representación en su dirección pertenece a las organizaciones sociales y de víctimas. Es por ello que diferentes organizaciones hemos convocado a un debate de control político para que Darío Acevedo en cabeza del Centro responda, no sólo por los actos injustificables de censura, sino sobre todo por haber convertido al Centro Nacional de Memoria Histórica en un aparato de propaganda de las Fuerzas Militares pervirtiendo lo que debería ser su sentido original: una institución que dignifique a las víctimas, que recoja su memoria y su voz. Mientras no se construya una entidad con participación plena de la sociedad civil habrá una disputa por la memoria donde un bando quiere imponer y aplastar, ya no con las armas, sino con la narrativa.